Despertó Claudia en aquella fría cama de un hospital, ella estaba mirando el techo e intentaba recordar, pero por más que quería acordarse de algo, no conseguía lograrlo. Miró hacia la mesilla y en ella había un extraño reloj que marcaba las diez, pero serían de la mañana o de la noche, la verdad es que no había ni tan solo una pequeña ventana en aquella habitación.
No lo soportaba más, y decidió levantarse y caminar, el suelo realmente estaba helado, pero no encontraba ningún par de zapatillas que ponerse, así que decidió llamar a un pequeño timbre que había en la pared; de aquella forma llegó una enfermera, la cual intentaba calmar a Claudia y le pedía que se acostase de nuevo, a lo que ella no intentó negarse pero estaba un poco desorientada, así que quería saber qué le pasaba, por qué estaba allí, dónde estaban sus padres y amigos y por qué se encontraba tan sola en aquella situación, realmente asfixiante para ella.
La enfermera intentó tranquilizarla y le comentó, que en unos instantes vendría el médico para informarla de cuál era exactamente su situación; y así fue, mientras Claudia volvía a su cama, el médico hizo acto de presencia en la habitación. Era un hombre ya maduro, de unos cuarenta y ocho años, pelo canoso y abundante y llevaba unas pequeñas gafas que le daban un aspecto algo más informal. Se sentó en una pequeña butaca que había en la habitación, y comenzó a hablar con Claudia. Intentó utilizar las palabras más adecuadas, para que ella entendiera todo lo que le había ocurrido, y el motivo por el cuál, se encontraba allí.